El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¿Fue ésa la razón? —preguntó ella con un dejo de sorpresa—. Antes solÃa vadear… lo que se presentase.
De regreso hablo Neale muy poco, porque temÃa el momento de anunciarle su marcha que importantes trabajos hacÃan imperativa, y hasta estar ya casi llegando a la cabaña no se lo dijo. Ella recibió la noticia en silencio y al entrar se fue directamente a su aposento.
El joven ayudo a Larry y a Slingerland a preparar una refacción que los tres se prometÃan compartir con Allie.
Empero, cuando Slingerland fue a llamarla, no obtuvo respuesta.
Neale la hallo sumida en su antigua y desesperanzada actitud de abrumado decaimiento. Sin el menor éxito puso a contribución su paciencia y su afabilidad. Ella se negó a seguirle y hubieron de comer prescindiendo de su presencia. Después, el joven quiso obligarla a tomar algún alimento. SentÃase nuevamente descorazonado. El tiempo habÃa transcurrido con asombrosa celeridad; caÃa la tarde y Larry aprontaba ya las caballerÃas. HabÃan de pasar se manas, meses quizás, antes de poder volverla a ver.
—Allie… ¿No se animará usted nunca? —preguntó.
—No, no —suspiró.