El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Cogiéndola por el mentón, la obligó a levantar la cabeza, estudiando detenidamente su semblante, demudado, marfilino, exangüe, demacrado, con abatidos labios y trágicas pupilas. No era agraciada, ni siquiera linda, pero… podÃa muy fácilmente serlo. Los ensombrecidos y velados ojos no rehuyeron los suyos; parecÃan mirarle honda y desesperadamente, con indefinible anhelo. ¡Si acertase a decir o hacer algo que disipase su melancolÃa! Lo más urgente era infundirle el deseo de vivir. Tuvo el súbito impulso de besarla, pero lo refrenó. No podÃa hacerlo. Acaso con el tiempo llegase a cobrarle afecto…, lo natural serÃa que asà fuese. Mas… hoy por hoy no era asà y, por lo tanto, debÃa abstenerse de toda demostración impertinente.
—¿No quiere usted reanimarse?
—No… no.
—Pero hace poco… en el arroyo, estaba usted distinta.
No obtuvo respuesta. El velo se acrecentó, haciéndose más denso, más sombrÃo. Neale adivino que llevaba la muerte en el alma.
—Me voy —dijo vivamente.
—SÃ.
—¿Le importa? —preguntó con mayor intensidad.
Ella se limito a mirarle.
—Le ha de importar —exclamó él.