El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Durante una larga jornada por comarcas salvajes, los extraños se juntan por fortísimos lazos o se separan por infranqueables abismos. Bill Horn no tenía en particular estimación a los que habían aceptado el albur que él les ofreció correr y se distanciaba de ellos por días. No formaban armónico conjunto en el desempeño más o menos espontáneo de las faenas anejas a todo campamento. Personalmente, él tenía que suministrar la caza para el sustento de la partida, hallar aguadas y mantener una constante vigilancia. Al entrar en la región de los cerros de Wyoming, Horn evidenció un acrecentado desasosiego y una prisa y ansiedad mayores que no afectaron en modo alguno a los demás. Continuaron apáticos y desmazalados, como seres sin porvenir especial que contemplar.
El valle ofrecía cuanto para lugar de acampamento es deseable, excepto protección o resguardos naturales, en caso de agresión. Pero Horn tenía que correr el riesgo. Los bueyes estaban cansados, habían de engrasarse las carretas y era perentorio hallar caza. Allí tenían hierba en abundancia, agua cristalina, leña para las hogueras y, a juzgar por los rastros, caza por doquier.
—¡Formad un círculo! —ordenó a los boyeros.