El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Era la primera vez que daba orden semejante, y los hombres soltaron la carcajada o cambiaron guiños entre sà mientras colocaban los ponderosos y lentos armatostes en la forma requerida. Se desuncieron los bueyes, amontonando los enseres de campamento. El martilleo de las hachas resonó en el ambiente; se encendieron las hogueras.
Horn, armado de su rifle, siguió el curso del rÃo, des apareciendo entre la espesura de una cañada.
Era temprano. El sol no se habÃa ocultado aún tras el alto cerro cuya vertiente formaba el valle. En su cúspide la talluda hierba, blanqueada por sus rayos, relucÃa. Los hombres charlaban trabajando.
—Oye, camarada, ¿viniste por este mismo camino de Laramie para entrar en el Oeste? —preguntó uno.
—No. Por el de Santa Fe.
—¿Y tú, Jones?
—Lo mismo digo.
—Pues yo —intervino otro— llegué a California por mar y… ojalá me hubiese ahogado por el camino.
—¡Para volver como volvemos, más pobres de lo que vinimos!… —comentó un tercero.
—Tú lo has dicho, amigo.
—En fin…, si no lo he hallado… cuando menos he visto un montón de oro.
—Oye, Jones, ¿trae ese Bill Horn oro consigo?