El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Las mujeres, en cambio, tenÃan poco que decirse. Una de ellas, la esposa del locuaz Jones, vivÃa sumida en perpetuos recuerdos de pretéritos años felices que no volverÃan…, mujer de adusto semblante y mediana edad. La otra, más joven, conservaba en sus melancólicas facciones indicios de una pasada belleza. Se llamaba mistress Durade. La muchacha, Allie, era su hija. Aparentaba tener unos quince años y era menuda de formas, con un rostro pálido y cuya tez no parecÃa tomar el curtido del sol. Cansada de aspecto, era tÃmida y modosa y como perpetuamente cohibida o azorada. Llevaba la abundante cabellera castaña formando gruesa trenza y sus ojos, singularmente grandes, tenÃan a veces curiosos destellos violeta.
—¡Qué lejos estamos de nuestros hogares! —suspiró mistress Jones.
—¿Llamáis vuestro hogar al Este? —preguntó acerbamente[2] mistress Durade.
—¡Válgame Dios! ¡Claro que sÃ! —exclamo la otra—. Si en esa maldita California habÃa lo que se dice un hogar… no lo he visto. ¡Tiendas y cabañas de troncos y barracas de barro! ¡Oh! ¡Como aborrezco California! Llena de hombres enloquecidos, desatinados por el oro. Oro que sólo unos pocos lograron encontrar y que ninguno supo conservar… Cada noche le pido al cielo que me de vida para volver a ver el Este.