El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Mistress Durade no contestó, mirando hacia las montañas con una sombra de obsesión en las pupilas.
En aquel momento, hacia la cañada, se oyó el estampido de un rifle. Los hombres pausaron en sus tareas, mirándose unos a otros. Y tranquilizados por el cambio de miradas, reanudaron la labor. Pero las mujeres volvieron aprensivamente los ojos en torno suyo. No había a la vista más seres vivientes que los boyeros. Poco después compareció Horn con un ciervo sobre los hombros.
Allie corrió a su encuentro. Ella y Horn habían trabado gran amistad y solamente con la joven se mostraba afable y cariñoso. Le vio detenerse junto al manantial soltando el ciervo e inclinándose hacia el suelo como bus cando o examinando algo. Cuando Allie llego a su lado, estaba de rodillas estudiando la impronta de un mocasín en la arena.
—¡Una huella india! —exclamó Allie.
—A fe que no puede ser otra cosa, Alije —replicó él—; eso es lo que estaba buscando… y… no tiene más de un día.
—¿Hay algún peligro, tío Bill?
—Muchacha…, estamos en los cerros de Wyoming y ojalá estuviésemos en cualquier otra parte —contesto él.
Volvió a cargarse el venado, echándoselo, con las patas por delante, al cuello.