El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Déjame llevar tu rifle, tÃo Bill —dijo Allie.
Se dirigieron al campamento.
—Óyeme bien, muchacha —comenzó seriamente Horn—, quizá no haya nada que temer, pero… con los rumores que corren… no me gusta ver huellas de in dios en estos tiempos. Voy a meterle el miedo en el cuerpo a esa tropa. Tal vez asà se despabile. Tú no te asustes por lo que oigas.
La llegada de la carne fresca fue acogida con gran regocijo.
—Me apuesto cualquier cosa a que el disparo que tumbó a este ciervo llegó a oÃdos indios —dijo Horn dejando el animal sobre el césped y desenvainando su cuchillo de monte. Luego recorrió con la vista aquel grupo de hombres, a los que menospreciaba.
—Me parece, Horn, que te preocupan más que de costumbre los indios —observó Jones.
—En el manantial he visto huellas recientes de sioux.
—¡No!
—¡Sioux! —exclamó otro.
—Si lo dudáis, podéis ir a verlo.
Nadie se movió. Horn soltó un bufido de desprecio, y, sin más, empezó a desollar el ciervo.