El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Entre tanto habÃase puesto el sol y caÃa el crepúsculo. Horn interrumpió súbita e inopinadamente la vespertina preparación de la comida, poniéndose de pronto en pie y empuñando el rifle.
—No es ningún indio, pero… no me gusta su forma de acercarse.
Todos volvieron la vista en dirección a donde señalaba Horn. Por el Oeste venÃa un jinete a galope tendido. Antes de que los sorprendidos espectadores pudiesen re cobrarse de su pasmo, estaba ya en el campamento.
Refrenando violentamente a su montura, la obligo a pararse en seco, pero no echo pie a tierra.
—¡Hola! —dijo a guisa de saludo.
Era un individuo de cierta edad y penetrante mirada. Llevaba el cabello a usanza de entonces, muy largo, formando melena que le caÃa hasta los hombros. Su traje era de piel de ante curtida e iba armado de un largo y pesado rifle de antiguo modelo que se cargaba por la boca.
—Soy Slingerland…, trampero por estos parajes —declaró estudiando con la vista al grupo—. ¿Quién capitanea esta caravana?
—Yo, Bill Horn —replicó el aludido.
—Una banda de sioux viene siguiendo vuestras huellas.