El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Horn levantó los brazos al cielo. Los otros lanzaron diversas exclamaciones de consternación y de sorpresa. Las mujeres callaron.
—¿Los has visto? —preguntó Horn.
—SÃ; desde unos riscales, a menos de diez millas de aquÃ. Iban escurriéndose por las veredas y su actitud me hizo suponer que algo tramaban. He tenido que venir por los cerros o habrÃan llegado antes.
—¿Cuántos son?
—Yo conté quince. Iban despacio. Lo probable es que hayan mandado aviso a su tribu y les esperen. Al otro lado del valle hay un campamento sioux.
—¿Están en pie de guerra?
—Hace pocos dÃas vi blancos muertos y sin pericráneos —contestó Slingerland.
El semblante de Horn se ensombreció, desatándose en imprecaciones y denuestos contra el grupo, demudado y pálido, de sus acompañantes.
—¡Tendréis que pelear! —Terminó brutalmente—. Y… por lo menos, asà me habréis servido para algo.
—Horn, no lejos de aquà hay un destacamento de sol dados —dijo Slingerland—. ¿Quieres que vaya en su busca?
—¿Soldados? —exclamó Horn.