El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —SÃ; la escolta de unos ingenieros que estudian el trazado del ferrocarril. Entiendo que podrÃa traerlos a tiempo y salvaros si los sioux continúan avanzando lentamente. Me es igual ir que quedarme con vosotros; como queráis.
—Ve, amigo, ve y… haz galopar a ese jamelgo.
—Sea. Volved a uncir y levantad el campo. No os de tengáis por el camino y, entre tanto, yo traeré la tropa y sacudiremos el polvo a los pieles rojas.
—¿Vale la pena de internamos en los cerros? —preguntó vivamente Horn.
—Opino que no. No tenéis caballos. Os seguirán fácil mente. Lo mejor es daros prisa, y… veo que te acompaña una muchacha. Me la llevare a grupas conmigo.
—Allie, monta detrás de él —dijo Horn a la joven.
—Me quedo con madre —replicó ella.
—Vete, hija mÃa, vete —insistió mistress Durade.
Otros la apremiaron también, aunque inútilmente. Ella, sacudiendo el cabello, se negó a marchar. La ruda y callosa mano de Horn temblaba cuando, al tendérsela, dijo sin rastro de hosquedad en sus facciones.
—Allie, no tuve nunca una hija… ¡Vete con él! Te pondrá a salvo y podrÃas llevarte también mÃ…
—No —interrumpió la joven.