El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Slingerland lanzó una mirada de sorprendida admiración y luego, volviéndose hacia Horn, dijo:
—¿Puedo hacerme cargo de algo?
Horn titubeó.
—No —dijo—. Era simplemente… una cosa que deseaba dar a la muchacha.
Slingerland espoleó su montura y gritando por encima del hombro: «¡Daos toda la prisa posible!», salió a galope, dejando mudos y atónitos a los viajeros.
Sucedió a su marcha una escena de confusión. Al poco rato, las carretas traqueteaban ya por el camino, valle abajo. Al emprender la marcha caÃa la noche. Fue preciso aguijonear a los cansados bueyes para que acelerasen el paso, pero eran por naturaleza lentos y las cargas gran des. Al cerrar la noche, el camino se hizo más difÃcil de seguir. Los enormes carromatos se tambaleaban con ruidosos traquidos, saltando baches y rodadas, sembrando el suelo de enseres y útiles domésticos que las violentas sacudidas desalojaban. Uno de ellos sufrió irreparable averÃa y sus ocupantes recogieron con benéfica celeridad sus posesiones. Se trasladaron con ellas a la capitana.