El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Horn marcó un paso cruel para los hombres y las bestias. Las mujeres padecían de más señalado modo con el traqueteo. Pasaron las horas, ganándose algunas millas. El valle desembocó en otro de muy acentuada pendiente, roquizo y traicionero; Horn se apeó, ordenando al resto de los hombres que le imitasen. La noche se fue ensombreciendo hasta el punto de imposibilitar el avance, porque los bueyes se negaron a seguir y una selvática barrera de árboles caídos y rocas les cortó el paso.

Sentados, temblando de frío, los fugitivos esperaron el amanecer. Nadie pensó en dormir, atentos todos al menor ruido, que en la quietud de la noche acrecentaba sus te mores. Horn iba de acá para allá, rifle en mano…, figura torva, sombría, alertada. Cuando aullaba un lobo, chillaba un gato montés, o un pájaro nictálope lanzaba su peculiar pitido, los fugitivos se sobresaltaban, esperando de un momento a otro oír el estridente alarido guerrero de los sioux. Para sostener su valor hablaban en voz baja. Y el fornido Horn continuaba haciendo su centinela, como si es tuviese planeando algo, y siempre escuchando.





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