El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie sentábase junto a su madre en una de las carretas. Estaba despierta y no muy asustada. Ya durante todo el terrible viaje habÃale parecido a Allie que su madre no estaba «natural» y la impresión se iba acrecentando y con firmando cuanto más se acercaban al Este. Aquella noche, durante el éxodo, habÃa sollozado, sacudida por violentos escalofrÃos, abrazándose a ella, aunque al detenerse forzosamente en la huida cesaron sus lamentos.
Allie era joven y esperanzada. Llena de confianza, repetÃa una y otra vez a su madre que los soldados llega rÃan a tiempo.
—Ese valiente trampero nos salvará —decÃa.
—Presiento que no volveré a ver nuestro hogar, hija —acabó por confesar mistress Durade.
—¡Madre!
—Allie…, he de decÃrtelo…, es mi obligación decirte… —gritó mistress Durade con reprimido acento, abrazándose a su hija.
—¿Decirme… que?
—¡La verdad!… ¡La verdad!… ¡Oh!… ¡Te vengo engañando toda tu vida!
—¿Engañarme…? ¡Oh madre…! Dime…, dime lo que sea…
—¿Me perdonarás?… ¿No me aborrecerás al saberlo?…