El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El incidente hizo considerar desde otro punto de viste el proyecto de Neale de desenterrar el oro. Juzgaba que no era precisamente entonces el momento más oportuno de que los hallasen excavando un tesoro o transportándolo. Y Slingerland sentÃa no escasa repugnancia a tenerlo en la cabaña o escondido en sus alrededores.
—Puesto que no estamos seguros de que exista aún —propuso—, aguardaremos hasta que usted regrese en otoño. Si está donde Allie lo vio enterrar, allà seguirá estando entonces.
Antes de lo que todos deseaban llego el dÃa de la marcha de Neale y del cowboy. Alije demostró mayor entereza que el joven. Él estaba trémulo y pálido. Al despedirse, ella beso a Larry.
—Reddy… cuide usted de él —murmuró.
—No se preocupe, Allie. Adiós.
Larry emprendió la marcha, tomando la delantera.
—¡Ojo con los indios! —Recomendó, demudándose, la muchacha.
—¡Allie…! ¡No puedo! ¡No puedo marcharme asÃ…! —exclamó roncamente Neale. La presión de sus brazos le desmoralizaba.
—Es preciso… Es tu obligación… Recuerda… el porvenir. ¡Amor mÃo! ¡Amor mÃo…! Vete… pero… pronto. Las enturbiadas pupilas de Neale le impedÃan verla claramente. No sabÃa lo que se decÃa…
—¿Me… amarás siempre?