El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —No les llame…, no les diga… —murmuró Allie—, si quiere que le lleve a donde está ese oro… Será con una condición.
Allie se estremeció ante lo que sus palabras conjuraban. Pero… no habrÃa recuerdo capaz de hacerla flaquear.
—Muchacha…, puedo obligarte a decirlo —replicó él, amenazador.
—No, no puede.
—Presumo que no te figurarás que por un puñado de oro voy a soltarte —afamó—. El oro irá pronto tirado por esos caminos, y mujeres como tú… escasearán siempre.
—No quiero decir eso… Procure deshacerse de les otros y le llevaré donde Horn enterró su fortuna.
Fresno la miró haciendo un guiño procaz. Evidente mente la idea le sorprendÃa y le halagaba, pero aumentaba su perplejidad.
—Frank…, ése del sombrero negro, es mi camarada —protestó—. No puedo hacerle una jugarreta asÃ. ¿Qué te propones, muchacha? Yo te haré decir dónde está ese oro aunque sea a fuerza de palos.
—No despegaré los labios, haga usted lo que haga —replicó resueltamente Allie—. Si no quiero hablar… no hay quien sea capaz de obligarme. Lo que me propongo es salvar mi vida. Demasiado sabe que, entre cuatro hombres como ustedes, es precaria.