El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Bah…! ¿Por qué lo dices? —farfulló Fresno—. Yo me encargo de cuidar de ti… Escucha: si aceptas a Frank en la combina… conformes, pero… ¿no será mentira eso del oro?
—No.
—¿Cómo es que no lo desenterró el trampero? Tú debiste decÃrselo.
—Por miedo a tenerlo en la cabaña o en sus cercanÃas. Su plan era dejarlo donde estaba hasta que decidiésemos abandonar el paÃs.
La explicación pareció plausible al forajido, cada vez más perplejo.
Entre tanto, la disputa de los otros tres iba tomando caracteres de reyerta.
—Dividiré el contenido de este saco cuando me de la realÃsima gana —declaró Sandy.
—Eso no está bien, compañero —protestó Old Miles—, y además… se me va subiendo la sangre a la cabeza porque veo que tu plan es quedarte con todo.
El bandolero de cetrino rostro blandió un crispado puño a dos dedos de la cara de Sandy.
—¿Cuándo recibo yo mi parte? —Quiso saber.
Fresno, volviéndose, gritó:
—¡Frank, ven acá!
El otro se acercó hoscamente.
—Fresno —dijo—. Ese Sandy quiere quedarse con todo.