El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Podré y querré! —declaró con énfasis—. No vamos al Este. Estaremos en lugares más desenfrenados y turbulentos que las minas de oro de California; donde no habrá más ley que el oro o el plomo. Pero si hablas de mà a quienquiera que sea… ¡Dios tenga compasión de ti!
El fulgor de sus pupilas traicionaba al español; su acento querÃa significar, más que deshonor, tortura o muerte. La fiera que dormÃa en su corazón despertaba. El amor, que habÃa sido lo único noble y digno en una vida anormal y desordenada, se habÃa trocado en odio.
Allie le conocÃa. Era la única persona que la habÃa dominado por efecto de su fuerza de voluntad. Salvo que se doblegase a sus imposiciones, su sino serÃa peor que cautiva de los sioux. El sujeto no era americano; sus años de permanencia entre hombres de otro calibre no habÃan alterado la innata crueldad de su naturaleza. Allie reconoció el hecho desesperada. No le quedaban fuerzas ni para tener los ojos abiertos.