El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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La caravana avanzaba a razón de veinticinco millas diarias. Cuando volvieron a acampar, la joven intentó andar de nuevo, notándose lastimados aún los pies, entumecidas las piernas y difíciles en general los movimientos; pero perseveró y el hormigueo punzante de la circulación al restablecerse fue como si le atravesasen con agujas los miembros.

Iba renqueando de una a otra fogata y todos los hombres, aun los más rudos, tenían una palabra afable o una mirada afectuosa para ella. Allie dudaba de que fuesen todos honrados. Durade empleaba una nutrida fuerza y debió de aceptar a cuantos se le presentaban. Mineros, cazadores, exploradores y seres sin más rasgo común que el de su selvatiquez componían la caravana. Decía mucho en favor del tahúr que reconociesen todos su autoridad. Allie recordaba haber oído decir a su madre que tenía un talento especial para atraerse y dominar a la gente.

En cierta ocasión, durante uno de sus paseos, y cuando todo el mundo parecía atareado, un talludo individuo de cargados hombros y vendada cabeza se acercó a ella.

—Si quieres ver un cuchillo entre las costillas de Durade, muchacha, háblale de mí —murmuró.


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