El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie reconoció la voz antes que el rubicundo rostro, de nariz torcida, ojos audaces y crueles labios. ¡Fresno! Debió de escapar de los sioux, juntándose con Durade.
La joven se apartó con repugnancia. Comparado con aquel rufián, Durade era un refugio. Pasó, sin decir palabra, pero Fresno supo que no tendría nada que temer de su parte. El encuentro le reveló la existencia de un instintivo impulso de echar a correr en busca de Durade como cuando era niña. Había arruinado moralmente a su madre; había pretendido hacer de su hija un señuelo para atraer incautos; había insinuado cuál sería su sino caso de traicionarle. Y no obstante…, Durade no era Fresno ni cualquiera de aquellos sujetos cuyas miradas parecían mancillarla y abrasarla.
Volvió a la carreta y a los varios hombres y mujeres que componían su dotación, con la certeza de que en aquella promiscua caravana había cuando menos algunas personas decentes.
Las mujeres, naturalmente curiosas y simpatizantes, le hicieron preguntas difíciles de contestar. ¿Quién era? ¿Qué le había ocurrido? ¿Dónde estaba su familia? ¿Cómo había logrado escapar de los indios en aquellos terribles parajes? ¿Era en realidad hija de Durade?
Allie se mostró poco inclinada a hablar de sí misma y finalmente la dejaron en paz.