El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Al parecer, aquel campamento era el objetivo de Durade. La caravana lo atravesó, deteniéndose en las afueras, en su parte arribeña[18], empezando los preparativos para lo que, a juicio de Allie, iba a ser un alto permanente. Y al punto comenzó la disgregación de la partida de Durade.
Uno a uno, los exploradores fueron recibiendo sus salarios de manos del que los había empleado, desapareciendo con su caballo y su hato hacia el campamento. El veterano que había demostrado afectuoso interés por Allie asomo la cabeza bajo la lona de su carreta para des pedirse de ella. Las mujeres, asimismo, fueron a decirle adiós antes de marchar. De cuantos quedaron. Allie no habría puesto su confianza en ninguno.
Durante la rápida instalación, Durade fue a verla.
—No es menester que estés aquí encerrada, a menos que yo te lo diga, Allie, pero… no hables con nadie ni vayas allá —señalaba con una mano el atareado campamento—. Es el peor de cuantos emplazamientos mineros he conocido.
Las talludas salvias, aunque escasas, ofrecían a Allie relativo retiro y por entre ellas paseo hasta que Durade vino a buscarla para cenar. Comió sola en uno de los asientos portátiles de la carreta y al caer la noche se refugió en ella, agradecida a su elevación del suelo que la aislaba de cuanto no fuesen ruidos.