El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Las tiendas de los obreros, blancas y nuevas unas, sucias y remendadas otras, se extendían por doquier. Algunas, de grandes proporciones, emitían por sus aberturas grandes columnas de humo y ruidoso repiqueteo de martillos sobre yunques; soldados haciendo centinela; peones con camisas rojas o azules corrían acá y acullá, numerosos como hormigas; en una vasta hondonada, una doble hilera de caballos se hartaban de heno en unas pesebreras tan largas como las filas, pateando y hostigándose unos a otros mientras comían; un acre olor de humo de leña se mezclaba con el aroma del café; por todas partes ardían fogatas; bajo una especie de largo cobertizo veíanse mesas y bancos de madera; sobre las escasas salvias y las rocas y la maleza, así como sobre las tiendas, veíase puesta a secar, en policroma variedad, la ropa de los trabajadores, y por la amplia calle central del campamento discurrían tiros de mulas y caballos, guiados por maldicientes carreteros, arrastrando arados y enormes excavadoras vueltas del revés; bordeando el campamento, al Este, corría hasta perderse de vista un terraplén amarillento, nivelado y afirmado de forma que quedaba más alto que la llana planicie… Aquélla era la obra de los niveladores…, el fundamento del ferrocarril «Union Pacific».




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