El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Muchachos…, eso ha acabado conmigo —replico roncamente el trampero—. Os juro que no dejé sola a la muchacha ni un minuto en todo el año, y luego…, la primera vez… que ella me obligo a hacerlo…, encontré, al regresar, la cabaña hecha cenizas… Allie habÃa des aparecido…, ¡desaparecido! No fue obra de los pieles rojas…, sino de esa gentuza de California… Seguà sus huellas hasta que… una turbonada de los infiernos me detuvo…, borrando todo rastro… Al ver que no habÃa esperanza me interné con mis cepos en las montañas…
—¿Qué… habrá sido… de ella? —preguntó Neale.
Slingerland desvió de él los ojos.
—Muchacho…, tú sabes cómo era Allie… Incapaz de sobrevivir a… ¿Verdad, Larry?
—Verdad. La muchacha… no lo habrÃa resistido un dÃa —corroboró con guturales acentos el cowboy.
Desatinado, Neale se aparto de sus amigos. La tortura de su pecho parecÃa ahogarle hasta que los sollozos, los difÃciles y horribles sollozos masculinos, vinieron a traerle un lenitivo. Dejándose caer sobre un fardo, oculto la cabeza entre las manos. Asà le hallaron Slingerland y Larry.
El cowboy le miro con expresión de impotente afecto.
—Escucha, camarada… no lo tomes asÃ…