El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Pero sabía, como sabía Slingerland, que en aquellos momentos no podían consolarle; no había esperanza ni ayuda que ofrecerle. Y aguardaron, el más viejo compendiando en su actitud toda la tristeza, toda la inexorabilidad de aquella selvática vida, y el más joven trocándose paulatinamente en acero.

—¿Dices, Slingerland, que debió de ser alguna cuadrilla de California la que hizo aquello? —preguntó.

—Estoy convencido y seguro —replicó el trampero—. En aquellos tiempos no iba nadie hacia el Oeste recién pasado el invierno. ¿Os acordáis de los cuatro bandidos que se presentaron en el valle un día? Venían de California.

—Bien está. Tendré que dedicarme a la busca de bichos con hierro californiano —rezongó Larry, y en su lento, sosegado decir, había una nota leal y terrible.

Neale ceso de sollozar.

—Estoy hecho polvo.

—No; es que te ha sobresaltado ver a Slingerland —dijo Larry—. Como a mí.

—Es duro, pero Slingerland no pudo acabar la frase.


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