El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Aunque se me haya partido el pecho, me alegro de haberte encontrado, Slingerland —dijo más sensatamente Neale—. Y… ahora que lo pienso, me sorprende. ¿Has bajado algún cargamento de pieles?
—No, muchachos; tuve que renunciar a los cerros. No podÃa resistir la soledad después de… y ahora cazo búfalos para el suministro de carne a las tropas y a las brigadas de construcción. Acabo de llegar en ese tren con un vagón lleno.
—¡Suministro de carnes! —repitió como un eco Neale.
—Y… ¿cómo va vuestro trabajo? Neale sacudió la cabeza.
El cowboy, contestando por él, dijo:
—Es… como si hubiésemos dejado de trabajar, Slingerland.
—¡Cómo! ¿Estáis aquÃ, en Benton, sin ocupación?
—¡Vaya! Poco más o menos, asà es.
El trampero hizo un vehemente ademán desaprobatorio y miro con escrutadora expresión a Neale.
—¡Muchacho! ¿Acaso es que…?
—Sà —replico Neale alzando los brazos—. Lo dejé…, no podÃa trabajar…, no puedo trabajar…, ni descansar…, ni estar quieto…