El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Un espasmo de intensa pesadumbre contrajo las facciones de Slingerland. Y Larry King, mirando por encima del polvoriento y sórdido gentÃo, murmuro imprecaciones entre dientes. Neale fue el primero en recobrar la compostura.
—No hablemos más del asunto —dijo—. A lo hecho…, pecho. ¿Por qué no nos llevas contigo a cazar búfalos?
Slingerland estaba dispuesto a aferrarse a un clavo ardiendo.
—¡No es mala idea! —replico vivamente—. Podéis serme útiles, pero… la faena es dura y peligrosa. Con frecuencia nos hostigan los indios. Y tendréis que caballear. Opino que a caballo, Neale no hará mal papel, pero este cowboy amigo suyo…, si no recuerdo mal vuestras discusiones… no sabe montar.
—No he visto nunca un caballo —dijo Larry.
—Y, además…, hay que tener buena punterÃa y a Reddy le falta experiencia —prosiguió sonriendo Slingerland.
—Observo que traes un Winchester reluciente y nuevo —dijo Larry—. Para cuanto sea montar y tirar, cuenta conmigo.
—Entonces… ¿vendrÃais los dos?
Neale y Larry aceptaron la proposición sobre la marcha.