El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Durante largo tiempo mantuvieron su distancia con los sioux. Habían conseguido enfilar el tren de descubierta en línea recta, de modo que mientras los indios siguiesen detrás era sólo cuestión de ganar terreno paulatina pero seguramente. Se intensifico el tiroteo. Cada estampido causaba en Neale un involuntario encogimiento, como si esperase sentir luego la lacerante quemadura de la bala. Brush, soslayado en su silla, disparaba su rifle. Neale recordó su propio Winchester, que llevaba en la mano. Atando las riendas en el arzón de su silla, se volvió en ella. ¡Qué cerca, que cobrizos y que feroces parecían aquellos sioux! Bajo el sombrero sintió que se le erizaba el cabello y simultáneamente una oleada de ira, un loco anhelo de pelear, de devolver golpe por golpe, bala por bala, le invadió. Algunos de los indios dispararon. Oyó las secas detonaciones, vio el impacto de los proyectiles en la arena, los surcos de polvo ante sí e hizo fuego a su vez. Su caballo dio un bote al oír tan próximo estampido, casi desarzonándole, pero acrecentándose luego su celeridad con el espanto. Neale oyó que Larry empezaba también a tirar. La carrera se convirtió en una escaramuza, con los indios desplegados en amplio abanico, galopando con los cuerpos casi paralelos a sus monturas, vociferando, aullando como fieras, sosteniendo un ininterrumpido fuego. Iban bien armados, con rifles «de blanco». Neale manipulaba la palanca del suyo, mientras de una ojeada se cercioraba de la dirección seguida por su caballo; soslayándose rápido, disparo sobre el más cercano enemigo, a doscientos metros escasos. Vio que la bala, sin haber hecho blanco, hendía el polvo. Era indeciblemente difícil disparar a lomos de un animal enloquecido por el terror. Neale no creyó apreciar que los disparos de Larry fuesen de más efecto que los suyos. Los indios, a su juicio, ganaban perceptiblemente terreno sobre ellos. Pero el tren ya no estaba lejos. Vio a los obreros, en los techos de los coches, agitando los brazos. El último trecho del camino fue el más duro, por lo desigual y pedregoso.