El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale estaba a punto de estrellar su enloquecido caballo contra el tren. Desesperadamente retuvo al animal, saltando a tierra. Larry le esperaba para hacer lo propio y su caballo salió desatinado. Las balas chocaron contra los vagones del convoy, de cuyas ventanillas salían lenguas de fuego y penachos de humo.
—¡Arriba, muchachos! —gritó una alegre voz, y la negra pipa de Casey apareció en el borde de uno de los vagones de carga, mientras su dueño les tendía los brazos.
Con un rápido y violento esfuerzo, Neale salvo la altura cayendo en el suelo de la plataforma sobre una pila de arena y de grava. Por un instante, todo le dio vueltas. El corazón le latía desenfrenadamente. Estaba sudoroso, jadeante y trémulo.
—¡No me diga usted que le han herido ahora! —exclamó Casey.
—¡No…, estoy sano… y salvo! —jadeó Neale, mientras Larry le palpaba ansiosamente.
La locomotora pito estridente como un desafío a los indios y, con una sacudida, el tren se puso en marcha.