El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale, al recobrar el aliento, se hallo en una situación nueva y emocionante. El vagón en que estaba era de los llamados góndolas, especie de plataforma, con lados de unos cuatro pies de altura, de roble macizo que las balas no podÃan perforar. Además de Larry y de él, iban una media docena de soldados, arrodillados tras las planchas, disparando por las estrechas aspilleras dispuestas al efecto. Neale se asomo por el borde. Los sioux, desplegados en una larga lÃnea, rodeaban al convoy, resguardándose el cuerpo con el de sus mustangs y haciendo fuego en inverosÃmiles posiciones. Un proyectil, astillando el borde de las tablas, demostró a Neale que eran de temer hasta en un fuerte ambulante. El joven se sentó en el suelo, y volviendo a cargar su rifle, busco una aspillera libre, pero entre el traqueteo del tren, sus trémulas manos y la rápida movilidad del enemigo, su ofensiva no causo efectos apreciables.
Súbitamente se detuvo el tren con violento frenazo.
—¡Interceptados otra vez, Por Dios! —dijo calmosa mente Casey—. Y se me ha apagado la pipa. Dame una cerilla, Sandy.
La locomotora pito dos veces.
—¿Qué significa? —preguntó Neale.
—Es para los que van en el primer coche. Tendrán que pasar por la máquina y dejar expedita la vÃa —replico Casey.