El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale se arriesgo a atisbar por el borde. Los sioux se guÃan acercándose a la cabecera del tren. De los seis vagones precedentes al del joven salÃan sin cesar los fogonazos y penachos de humo de los disparos. HacÃan fuego por descargas. Los salvajes concentraban evidentemente su ataque allÃ, con intento de hacer descarrilar la máquina o de matar al maquinista.
Casey obligo a Neale a retirarse.
—No se exponga —dijo—. Coja una aspillera y ayude.
—No tengo municiones.
Se tendió en el suelo, prestando oÃdo al fragor de la contienda y observando al terceto irlandés. Cuando se mezclaban las descargas con el clamoreo no podÃa oÃr otra cosa. HabÃa intervalos, empero, en los que el estruendo parecÃa amainar.
Casey logro encender a su satisfacción la pipa, dio unas cuantas fumadas y cogió el rifle.
—¡Duro y a la cabeza! —grito pasando el cañón por la aspillera y apuntando.
—Es la misma pandilla que nos ataco anteayer, Mac —observó.
—¡Quita de ahÃ! —replicó McDermott—. Los de hoy son más de un millón.
Movió el rifle, como encañonando algo movedizo, y disparo.