El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —En cuanto hay jarana, te excitas, Mac. En cambio, yo estoy más fresco que nunca. ¡Y he visto a ese jamelgo pintojo y a su maldito jinete quizás unas cincuenta veces! ¡No pierdo la esperanza de cargármelo!
Casey siguió apuntando y disparando, y en una de las ocasiones, en el momento de apretar el gatillo, el tren re anudo su marcha con imprevista sacudida.
—¡Me ha hecho errar la punterÃa! Ese maquinista ha salvado a la tribu sioux de la extinción. ¡Duro y a la cabeza! Shane, no te oigo disparar…
—¿Cómo condenación puedo disparar con el ojo lleno de sangre? —pregunto Shane.
Neale vio entonces que el irlandés tenÃa el rostro lleno de sangre. Arrastrándose se acerco a él.
—¿Está usted herido? A ver…
—Me parece que me ha tocado una bala —replicó Shane.
Neale comprobó que un proyectil habÃa surcado la frente de Shane, quizá de rebote al chocar contra las tablas. La herida sangraba abundantemente. Las manos, el rostro y la camisa del irlandés estaban carmesÃes. El joven improviso un vendaje con su pañuelo fuertemente ceñido.
—Deme su rifle —dijo luego.
—Gracias, amigo, no estoy tan grave. Y… ¡cualquiera aguantarÃa a Casey después! ¡Dios me libre!… Es un hombre insoportable riéndose de uno.