El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Shane se agazapo junto a su aspillera, con su ensangrentado vendaje y sus sangrientas manos. El tren volvió a detenerse.
—Cuando logremos salir de las traviesas que dejaron desparramadas a los lados de la vía, quizá podamos llegar a casa —observó McDermott.
—Mac, lo ves todo por el lado más negro —replicó Casey disparando—. Yo prefiero que estemos parados —replicó satisfecho—. Esos pieles rojas no dejarán, mientras yo viva, a soldado alguno del U. P. sin su pelambrera. ¡Duro y a la cabeza!
La locomotora volvió a pitar y nuevamente el conflicto se centro en la cabecera. Neale veía en la realidad lo que tantas veces viera antes en sueños. Aquellos veteranos soldados, aquellos obreros de la pala y del pico, aquellos irlandeses con su rifle, eran los constructores del U. P. La gloria de la empresa no sería jamás suya, pero ellos eran sus héroes. Tan acostumbrados estaban a trabajar como a luchar. Soltaban sus herramientas para empuñar los rifles.
El convoy se puso en movimiento para detenerse casi al punto. Al acrecentarse la desesperación de los indios se acrecentó la violencia de la contienda. Era evidente que la fuerza les tenía a distancia, porque en lo más enconado de su ataque la máquina reanudo su marcha. Lentamente, arranco el tren. Las balas cayeron como granizo sobre el coche.