El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Slingerland partió, dejando a Neale muy afectado por la emoción y la melancolÃa en su despedida. Le impulsaba a meditar. ¿Adónde iban Larry y él? En aquel desenfrenado Oeste las amistades creaban lazos mucho más fuertes que en cualquier otra parte.
El tren llego a Benton ya anochecido. Y en la oscuridad parecÃa un ventoso abismo del que emergiesen amarillentas luces y excitados hombres. Las tiendas, con sus lomas iluminadas, albeaban pálidas e indecisas como muchas de las vidas que contenÃan. El gentÃo se atropellaba; el polvo invadÃa todo; las charangas tocaban; los vendedores ambulantes vociferaban sus mercancÃas.
Neale halló los hoteles de más categorÃa abarrotados y se vio obligado a volver a su antiguo alojamiento, donde Larry y él obtuvieron acomodo.
—Bueno, y ahora que estamos aquÃ…, ¿qué hacemos? —preguntó Neale, más para sus adentros que otra cosa. SentÃase como impelido. Y la tan temida y aborrecida modalidad comenzaba a apoderarse de su espÃritu.
—Ante todo… comer —dijo Larry.
—¿Y después?
—Después saldremos a ver qué pasa por Benton. Neale pensó que en realidad no tenÃa especial interés en cosa determinada.
—Ahora lo ves todo negro —dijo King solicito.
—Siempre estoy igual, Red.