El Caballo de hierro
El Caballo de hierro No le habÃa acaecido daño alguno…, se leÃa en el purÃsimo esplendor de su semblante; en las profundas pupilas, oscuras y violáceas, con el denuedo de su alma intrépida asomando a ellas a través de sus sombras; en los perfectos labios, trémulos y ávidos de amor.
—Neale, me dijeron que habÃas abandonado tu trabajo, que ibas por mal camino —dijo ella, elocuente de pesadumbre su voz y su expresión.
—SÃ, Allie, sÃ… Te amaba tanto, que… luego de perderte… todo me fue igual.
—Renunciaste a…
—Allie —interrumpió apasionadamente—. No hablemos de mÃ…, ¡aún no me has besado…!
Allie se sonrojó.
—¿No…? ¡Tú que sabes…!
—¿Cuándo?
—¿Cuándo? ¡No lo dudes! Incluso temà haberte estrangulado…
—No habiéndolo sentido, no cuenta… Perdà de vista el mundo… ¡Bésame ahora…, pruébame que vives y que me amas…!
Y después, cuando Neale recobró el aliento, fue para murmurar:
—¡Mi Allie!
—¿Vivo? ¿Te amo? —replicó ella, fúlgidos los ojos como estrellas, arrebolado el rostro con adorables matices rosados.