El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El general Lodge en persona explicó al joven topógrafo la situación y lo que de él esperaba. El semblante de Neale reveló la ufanía; sus pupilas relampagueaban de orgullo y sus labios formaron una recta línea decisiva. Pero mientras los ingenieros le llevaban a la escena de la última barrera, no hizo apenas comentario alguno. Era una garganta rugosa, vetusta, amarillenta y desmoronadiza, coronada de cedros en su cumbre y desnuda y blancuzca en su base. Se llegaba a ella por una quebrada de las vertientes, de forma que, en realidad, la garganta se extendía por encima y por debajo de aquel punto.

—Éste es el único paso de estos cerros —dijo el ingeniero Henney, veterano del cuerpo de Lodge.

El pasadizo terminaba donde la quebrada de las ver tientes enfrentaba abruptamente la garganta. Era un salvaje panorama. Sólo hombres de tan recio e irreductible temple podían alimentar esperanzas de tender una línea por semejante lugar. La embocadura de la quebrada era angosta; a la derecha, un enorme estribo de roca formaba saliente sobre la garganta; al otro lado veíanse las agrietadas y veteadas escarpas, y en el fondo abríase la sima; tan sólo por aproximación cabía calcular la más cercana cara.

Neale, arrastrándose, fue hasta el borde del precipicio, intentando ver lo que había debajo. Evidentemente no vio gran cosa, porque, al incorporarse, sacudió la cabeza. Luego miro al estribo.


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