El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Eso puede volarse —murmuro.
—Pero… ¿qué hay al otro lado? Si son millas de pared rocosa lisa, estamos aviados —dijo otro de los ayudantes, Boone.
—La contraescarpa es eso exactamente —añadió Henney—. Una pared de piedra lisa.
El general Lodge miró hacia la desconcertante garganta. Su semblante pareció más adusto y más torvo.
—Parece imposible seguir adelante, pero… hemos de seguir adelante —dijo.
Reinó un silencio. Los ingenieros se miraron como hombres a quienes confronta un definitivo y postrer impedimento. Neale se echo a reÃr. Aparentemente no habÃa perdido la confianza.
—Parece peor de lo que debe ser —dijo—. Escalaremos la cumbre y me haré descolgar por la pared con una cuerda.
En varias ocasiones, Neale se habÃa descolgado ya por despeñaderos similares en aquellos cerros. Entre todos los seleccionados para misiones arriesgadas era el más afortunado, el más audaz y también el que más éxitos habÃa tenido. A nadie se le ocurrÃa mencionar los accidentes acaecidos ni la fatal caÃda sufrida por uno de sus compañeros pocas semanas antes. Cada milla de terreno estudiado acrecentaba su resolución de llevar a buen fin la empresa empezada.