El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Tal vez por eso fue, querido. Sospecho que el interés del general Lodge por ti le llevaba a desear que volvieses a tu trabajo por ti mismo, por él, por el ferrocarril. Y no por mÃ.
—¡Ah! —murmuró Neale—. ¿Quién sabe…? Allie… no puedes figurarte lo rudo, lo insignificante que me sentÃ, hace un momento, cuando habló conmigo… En mi vida he experimentado mayor vergüenza… Me llamó… En fin… ya ha pasado… Dices que estuviste en poder de Durade. ¡Allie…, la sola idea me espanta!
—A mà también —replicó ella—, porque corro mayor peligro ahora, ocultándome aquÃ, que cuando estaba con él.
—¡Oh, no! ¿Cómo es posible?
—Me matarÃa por haberme escapado —dijo ella estremeciéndose—. Mientras me estuviera con él, obediente, sumisa, no creo que me hubiese hecho ningún daño. Más miedo le tengo ahora que cuando estaba cautiva.
—Iré con unos cuantos soldados a hacer una visita a Durade —dijo Neale torvamente.
—No; no lo hagas. Déjale en paz. Lo esencial es que me saques de aquà poniéndome fuera de su alcance.
—Pero… eso es imposible de momento —declaró Neale—. No quiero perderte de vista ni un instante, ahora que te tengo otra vez, y por otra parte… he de reanudar mi trabajo, Allie. Lo he prometido.