El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Puedo continuar aquà o seguirte a los campamentos, teniendo cuidado de recatarme e ir envuelta en un tu pido velo.
—No es lo más seguro… ni el mejor plan —protestó Neale; y luego dio un respingo y se ensombreció su rostro—: Pondré a Larry King sobre la pista de Durade.
—¡Oh, no, Neale! ¡No lo hagas, por favor, no lo hagas! Larry le matarÃa…
—Probablemente; y ¿por qué no?
—No quiero la muerte de Durade. SerÃa horrible. Nunca me hizo daño. Déjale en paz. Al fin y al cabo, es el único padre que he conocido. ¡Oh! No es por afecto… Le desprecio, pero… déjale vivir… Pronto me dará al olvido… Su pasión es el juego… Este ferrocarril es un rÃo de oro para él. No puede durar mucho, como ninguno de los de su ralea.
Neale sacudió dubitativamente la cabeza.
—No me parece prudente… dejarle asÃ… ¿Usa su propio nombre, Allie?
—No.
—¿Cómo es? Me describiste una vez su apariencia, pero lo he olvidado.
Allie se negó rotundamente a refrescar su memoria, suplicando a Neale que no complicara la situación, que procurase tenerla a ella ignorada del gentÃo y que no buscase a Durade.