El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Le acompaña mala gente —añadió—. SerÃan capaces de matarte. Y… ¿crees que… que podrÃa yo seguir viviendo… sin ti?
Sus palabras hicieron olvidar a Neale sus ansias de venganza y todo cuanto no fuera su proximidad y la dulzura de sus labios.
—¿Cuándo nos casaremos? —preguntó después.
La sencilla pregunta hizo desviar el rostro a Allie, y a la sazón oyeron un tabaleo a la puerta. La joven tuvo un ademán de sobresalto.
—¡Adelante! —dijo Neale.
Quien entró fue el jefe, sonriendo con una sonrisa que ablandaba su adusto semblante. Pareció sorprendido.
—¡Parece usted otro, Neale!
—No es para menos con esta causa —contestó el joven riendo y señalando a Allie.
—No fue preciso que jugase mi mejor triunfo para atraerle de nuevo a su trabajo —dijo el general.
—¿Por qué no lo hizo?
Allie abandono su asiento, desasiendo con dificultad su mano de la de Neale.
—Ustedes tendrán que hablar —dijo saliendo precipitadamente de la estancia.
—Una muchacha encantadora, Neale —exclamó Lodge.