El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale se echo a reÃr mirando a su portamira. Allá en Nebraska aquel cowboy, oriundo de Texas, se habÃa apegado a él. Trabajaban juntos y no tardo en reinar entre ellos una franca amistad. Larry King no se recataba de decir que se le habÃa hecho imposible la vida en Texas. Para su desgracia, habÃa nacido con una deplorable flaqueza: la de recurrir, a la menor provocación y a veces sin ella, a su revólver para zanjar los argumentos. Neale estimaba que King concedÃa desmedida importancia a un servicio prestado… un simple caso de tender la mano en momento oportuno, si bien era innegable que habÃa habido un cierto peligro.
—¡Bajar tú primero! —exclamó Neale.
—Opino.
—No lo verán tus ojos —replicó bruscamente el otro—. Es posible que no te necesite para nada. ¿A que correr un riesgo innecesario?
—… o bajo yo primero o renuncio a mi empleo.
—¡Condenación! —vocifero Neale apretando un nudo y mirando a su portamira con algo más que curiosidad.
Larry King era alto, esbelto, duro como el acero —pero indiscutiblemente apuesto—; un cowboy de singulares atractivos, con el cabello de un rojo llameante, encendido rostro y ojos azules. En el cinto y pendiente de un biricú[5] llevaba un revólver de grueso calibre.