El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Entre los oyentes se cambiaron algunas sonrisas, pero nadie creyó prudente reír. Era uno de los incontables incidentes humanos que en el curso del ferrocarril acaecían. Podía ser humorístico, pero era, en todo caso grande.
El adusto semblante de Lodge se relajó, aunque dijo con firmeza a King:
—¡Obedezca usted órdenes!
Se transfirió el lazo, aprontándose todo para bajar al topógrafo con su eclímetro[6] por la pared rocosa.
Neale echó una postrera ojeada al escabroso frente del cantil[7]. Cuando se enderezó, su semblante había perdido su rojizo bronceado.
—Un saliente de roca me impide ver lo que hay de bajo —dijo—. Es inútil hacer señales. Bajaré cuanto me dé de sí la cuerda y mucho será que no encuentre donde tomar pie. Resultaría imposible izarme hasta aquí luego.
Todos lo reconocieron así en silencio.
Neale se sentó al borde de la sima, con las piernas colgando; asió firmemente el eclímetro y dijo a los soldados que aguantaban la cuerda:
—¡Adelante!
Le fueron bajando palmo a palmo.