El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El día era ventoso y una nube se alzó de la pared. Ven cejos negros levantaron el vuelo ruidosamente, piando asustados. Los ingenieros se asomaron para seguir los progresos de Neale. Larry King se abstuvo, clavados los ojos en la tendida cuerda al pasar nudo a nudo por el borde. Parecía fascinarle.
—Ya ha llegado al estribo —anunció Baxter.
—Ya pasa por debajo… se le pierde de vista… —exclamó Henney.
Casey se abalanzaba más que nadie.
—¡Bonita manera de plantear una línea! —observó.
La garganta, silenciosa bajo el sol poniente, estaba llena de azulada calina. Vista desde aquella altura, muy por encima de la quebrada que en un principio detuvo a los ingenieros, tenía la dignidad y las dimensiones de un cañón. Con la luz crepuscular, sus paredes comenzaban a cambiar de colorido.
Palmo a palmo, los soldados fueron largando cuerda hasta haber pasado unos doscientos y no quedar más de cien. Pero entonces toda la parte formada por lazos anudados estaba fuera; el resto eran trozos de cuerdas de diferentes clases, bastante usadas algunas y llenas de nudos. Los ingenieros las miraron con recelo.