El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —No me gusta —dijo Henney nerviosamente—. A es tas alturas Neale deberÃa haber encontrado ya alguna repisa o banco, o cuando menos, laderÃa en que tomar pie.
Los soldados se mostraban instintivamente reacios a seguir largando, haciéndolo con reluctancia centÃmetro a centÃmetro. Pero por muy atentas que estuviesen sus pupilas, no podÃan rivalizar con las de King.
—¡Alto! —gritó súbitamente, señalando adonde la desatada cuerda doblaba sobre el borde de la pared.
Los soldados aguantaron firme. La cuerda cesó de correr pareciendo aumentar su tensión. Larry King señalaba con una cenceña mano.
—¡Va a partirse!
Su voz ronca y angustiada contuvo el movimiento de avance de los ingenieros. Él cayó de rodillas junto a la cuerda, tendiendo los brazos como si quisiera asirse a ella y no se atreviese.
—¡Las cuerdas eran de mi incumbencia…! ¡Viejas y podridas…! Y se están partiendo.
Aún no habÃa acabado la frase cuando asà ocurrió. Los soldados, perdiendo el equilibrio al faltarles el contrapeso, cayeron hacia atrás. Baxter lanzo una especie de gemido. Boone y Henney, un franco grito de horror. El general Lodge quedo como paralizado, aturdido. Todos, en rÃgidas posiciones, alarmados.