El Caballo de hierro
El Caballo de hierro De la sima subió un sordo ruido; luego, un apagado baque y, por fin, el característico estruendo, lento en un principio y acelerado después, del desprendimiento de rocas y de tierra. Fue decreciendo hasta morir con el chasquido de piedra sobre piedra.
Casey rompió el silencio con una imprecación. Larry Red King se incorporo con el cabo de la rota cuerda en la mano. Mirándolo, lo arrojo lejos de sí violentamente. Después, con no menos violencia, se desciño el cinturón para volvérselo a ceñir aún más. Sus pupilas lanzaban azulados destellos; parecían acusar a los desconcertados ingenieros de deliberado homicidio. Sin pronunciar palabra dio media vuelta, echando a andar por el borde de la garganta, evidentemente buscando lugar apropiado para el descenso.
El general Lodge dio orden a los soldados de seguirle y de procurar por todos los medios recoger el cuerpo de Neale.
—¡El muchacho tenía porvenir! —dijo Henney—. Le echaremos de menos.
El semblante de Roone reflejaba su horror y su disgusto. Baxter zollipaba:
—¡Qué lástima! ¡Qué lástima! Pero ¿qué podemos hacer?