El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El ingeniero en jefe miro hacia la umbría garganta cuyos contrafuertes teñía de rojo el sol. ¡Qué duro era tener que mandar en ciertos casos! La muerte parecía estar al acecho de sus órdenes. Pensaba que la construcción de aquel ferrocarril sería como la reciente guerra, en la que a tantos adolescentes, a tantos hombres hechos, había enviado a tumbas prematuras.
Los ingenieros descendieron la larga pendiente, de regreso al campamento, a una milla de distancia del estrecho valle. Ardían las fogatas; columnas de humo desarrollábanse en larga espiral por la tranquila atmósfera; los can tos y las risas de los soldados parecían más audibles en la quietud. Los caballos relinchaban pateando.
El coronel Dillon comunico al general Lodge que uno de los exploradores al servicio de la expedición había atisbado una nutrida banda de sioux en un cercano valle. La tribu estaba en pie de guerra y no deseaba hostigar a los ingenieros. El trágico sino de Neale quedo relegado a segundo término ante la aprensión de lo que podía acaecer cuando los indios se diesen cuenta de las verdaderas razones que motivaban aquella supuesta expedición topográfica.
—Los sioux pueden hacer imposible el tendido de U. P.[8] —dijo Henney, siempre receloso y pesimista.
—Ni los indios, ni… quien quiera que sea, podrán detenernos —declaro su jefe.