El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Como espectros, los hombres iban Por las gríseas calles. ¡Espectros grises! Todo era gris. Resonaba una risa inane o una estridente blasfemia y el sordo murmullo volvía a prevalecer; Benton se aprestaba al descanso. La cansada, exhausta, maltrecha naturaleza buscaba el olvido… en re vueltos lechos, en duros suelos, en polvorientos rincones… Una inmensa sombra parecía envolver las tiendas y los entoldados y las calles. Y a su través cruzaban los silenciosos trasnochadores. Alguna voz, más alta, quebraba por un instante el conjuro. En la calle principal, en el polvo, la muerte había dejado rastro de su paso, pero nadie se detenía. También llego su guadaña a las callejuelas retiradas, al bar del garito, un rincón de la sala de baile de Beauty Stanton. Y tenía su duplicado en los centenares de postrados seres que yacían en un estupor muy semejante al eterno, dormidos, inertes, insensibles. Nadie atendió los gemidos del infeliz malherido que, una vez despojado, se arrastro hasta allí sin fuerzas para arrastrarse más lejos.
Pero… la noche no podía ser más tiempo cómplice de Benton. El gríseo manto se alzo, y las sombras se aclararon; el Este comenzó a encenderse y la dulce fragancia del alba del desierto vino con la fresca brisa.
Y cuando salió el sol, áureo y espléndido, con su eterna promesa y su belleza, ilumino un macabro, silencioso y dormido Benton.