El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Y su esperanza de salvación tuvo que contender con la negra amenaza del momento; mas, como siempre, pudo vencer su pesimismo.
La entrada del sordomudo Stitt interrumpió sus pensamientos. Traía los efectos dejados en la otra casa y una bandeja con su yantar.
Pasó rápidamente el día.
Llegó la oscuridad con extraño acrecentamiento de los ruidos, familiares ya para Allie. No encendió la lámpara; estaba habituada a prescindir de ella; la luz la atemorizaba. Por la ventana entraba un tenue y pálido resplandor; pero el rugido de Benton… crecía con las sombras. Allie había oído algo similar en los campamentos auríferos de California y en los de nivelación que Durade había seguido, pero era…, siendo igual, por completo distinto. Escuchaba y pensaba. Era una conglomeración de voces humanas y, sin embargo, resultaba imposible disociar una de ellas de las demás. Voces…, pasos, movimientos…, música…, algazara…, baile…, entrechocar de copas y de oro…, estridentes risas femeninas…, todo se fundía en el misterioso sonido que encarnaba la lucha y la agonía de Benton. La mantuvo despierta largas horas… y cuando se durmió, era ya tan tarde, que al despertar, al siguiente día, supuso serían las doce o quizá más.