El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Transcurrió el día y llegó la noche, aportando un cambio al edificio, que se animó, estruendoso. Durade había inaugurado el local. Allie quedó sobrecogida de temor y de incertidumbre. Hombres rudos, de recias voces, pare cían estar casi contiguos, en uno de los aposentos medianeros al suyo, y afuera, en las tiendas. Empero, nadie entró en el cuarto que al de ella daba. Así y todo, no pudo con ciliar el sueño hasta el alba.
Pasaron así varios días, sin ver más que a Stitt, y comenzó a notar una tensión que a su juicio sería más penosa que un contacto directo con Benton y su vida. Mientras estuviese encerrada allí, ¿qué probabilidad tenía de ver a Neale o a Larry aunque estuviesen en Benton? Durade dijo que la llevaría a paseo, pero hasta el presente no le había vuelto a ver.
La inquietud y la zozobra empezaron a pesar sobre ella, poniéndola en continuo conflicto consigo misma. La idea de desobedecer al tahúr apuntó en su mente.
Tarde o temprano le ocurriría algo y entonces, ¿qué sería de ella? ¿Por qué no intentar la evasión? Por muy depravado que Benton fuese, no sería imposible rehuir el caer en malas manos. Todo sería preferible a su reclusión actual sin ver el sol, sin hablar con nadie, sin nada que hacer, salvo pensar, cavilar, luchar contra sus fantasías y sus dudas. Allie creía imposible seguir así. En ocasiones, su espíritu sufría un cambio que la asustaba.