El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Era como una regresión de la antigua oleada de sombrío horror que la engolfaba a la muerte de su madre.
Había conseguido excitarse hasta el frenesí, cuando inopinadamente entró en el aposento Durade. Apenas si a primera vista le reconoció. Parecía demacrado, lívido, sus pupilas chispeaban, sus manos agitábanse trémulas y la extraña irradiación que parecía emanar de él cuando su fiebre por el juego se había visto coronada por el éxito, refulgía con mayor intensidad que nunca.
—Ha llegado la hora, Allie —dijo. Parecía estar mirando al pasado.
—¿Qué hora? —preguntó ella.
—La de hacer por mí… lo que tu madre hizo antes que tú.
—No… no comprendo.
—Has… de ponerte… atractiva.
—¡Atractiva…! ¿Cómo?
Allie sospechaba lo que quería decir, aunque su mente repudiase la horrible sugerencia.
Durade se echó a reír. Era indudable que había cambiado. Parecía debilitado. Benton ejercía ya sobre él su influencia.