El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Las fardes se hicieron odiosas para ella. Salvo directa violencia tuvo que soportarlo todo: indignaciones, insultos, molestias… Sólo cabíale cerrar los ojos y los oídos. Fresno provocaba cuantas ocasiones podía para encontrarse con ella, en presencia de Durade algunas veces, aprovechando la ceguera del tahúr para cuanto no fuesen las cartas y el oro. En tales trances la muchacha hubiera deseado carecer de sentidos por completo, mas luego, ya en la reclusión de su aposento, repetíase que no había ocurrido nada. Era la que siempre había sido. Y el sueño borraba con su compasiva mano sus sufrimientos. Cada día que pasaba hacía más próximo el desenlace. Y cuando ese momento llegara… ¿qué sería comparado con el horror actual? Tan empequeñecido quedaría que parecería inexistente. Las palabras, las miradas, eran incapaces de dañarla. No eran tangibles… no tenían substancia. Podían levantar en su pecho una tempestad de indignación y de odio, pero carecían de otro poder, del de mancillar. Eran vientos de contaminación pasajera.

De igual modo que veía el retroceso de Durade, veía los cambios acaecidos en cuanto le rodeaba. Sus ganancias eran cuantiosas y su extraña pasión por el juego se acrecentó con ellas. El oro que enriquecía sin esfuerzos a Fresno, a Mull y a Andy, aumentaba su innata ferocidad.


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