El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Los restantes subalternos de Durade, Blanck, el fornido portero; un pálido sujeto llamado Dayss, que perpetuamente estaba mirando hacia atrás, y Grist, un individuo corto de estatura, cojo y taciturno… todos estaban igualmente bajo el conjuro del tapete verde.
La buena fortuna de Durade trajo aparejado su anhelo de aumentar la cuantía de las puestas, y el anhelo entrañaba dar entrada en la partida a otros tahúres. Y así, los hombres vestidos de negro, de aceradas pupilas e impávidos semblantes, empezaron a frecuentar el antro. En su segunda visita, Jones, el profesional, volvió a ganar. Fatal ganancia. Allie vio al gigantesco Fresno abalanzarse sobre él, derrumbándole al suelo. La joven huyo despavorida a su aposento, pero no pudo evitar oír las imprecaciones… un disparo… un gemido… la voz de Durade proclamando que el tahúr había hecho trampa… y luego el inconfundible ruido de un cuerpo inerte arrastrado.
El crimen horrorizo a Allie aguzando sus sentidos.
La Providencia la protegía. Durade habíase enriquecido y estaba ufano… desatinado, ansioso de Benton. Su fin, en consecuencia, era inminente. Allie, escuchando en su alcoba el rugir de Benton y el lúgubre mensaje del viento nocturno, comprendió cuán de cerca van asociados el oro, el delito y el hombre, y cuán inevitable es que lleven al desenfreno, al crimen y a la muerte.